THE BAZAAR BY JOSÉ ANDRÉS

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Jamás pensé que mi pega iba a ser escribir, siempre fue mi hobby, menos aún pensé que podría terminar escribiendo en una revista y de gastronomía… Simplemente es un trabajo que ni en mis sueños me había imaginado.

Ahora, tiene sus altos y bajos, la dieta y el sueldo me juegan en contra, todo el resto es simplemente maravilloso… Es así como de a poco empecé a nutrirme de este mundillo que es bastante complejo. Hay artistas, platos, sensaciones, sentimientos, rabia, alegrías, dolor, sueños y tanto que de pensarlo uno se vuelve loco, simplemente hay que vivirlo.

Y así la mente de uno empieza a viajar, de a poco la cuenta de instagram se empieza a llenar de comida y de verdaderos rockstars de los hornos o fogones. Admiración es poco, estos hombres y mujeres merecen respeto, fanatismo y una pizca de locura.

IMG_9661Entre mis cuantas obsesiones en la vida está la “haute cuisine” ¿Qué es esto? Simple, yo la definiría como cocina de alta costura, pero en palabras simples son platos en los que reina la perfección, una estética digna de una colección de arte, sabores que podrían se considerados drogas e historias que fácilmente conformarían novelas. No son preparaciones comunes y silvestres, sino que tienen un cuento y cada uno es una declaración de intencionalidad e identidad de su ejecutor.

De curiosa y medio por error llegué a “conocer” al chef español José Andrés (entiéndase que es su trabajo, no en persona). Creció en Barcelona y desde pequeño se fue acercando al mundo de la gastronomía, terminando nada más y nada menos que en El Bulli del genial Ferran Adrià. A los 21 cruzó el Atlántico y se instaló en Nueva York, más tarde se fue a Washington donde aún vive, pero lo cierto es que este hombrecito ha conquistado Estados Unidos con sus 15 restaurantes que ha instalado en varios estados.

IMG_9603En mis últimas vacaciones en Miami tuve el placer de toparme con The Bazaar, el restaurante del hotel SLS del cual José Andrés también es socio. A ver, no es el lugar donde se come y punto, sino que tiene todo su cuento y es más, el primer piso ES el verdadero Bazaar. Maravillosa y eclécticamente decorado por el diseñador industrial, Philippe Starck.

Bueno, vamos a lo que nos interesa, el menú…

Llegué muy canchera y pedí que por favor me mostraran el menú de degustación, casi me caí de la silla cuando vi el precio, además que había varías cosas que no me apatecían tanto. Patudísima, diseñé mi propio menú y pedí un gran porcentaje de la carta, por supuesto, sin percatarme que a la larga el daño financiero sería aún peor. ¿Pero quién me quita lo comido y lo bailado? Damn right, nobody

Entonces, la cosa partió así…

Primero una copita de un Riesling cosecha 2014 Piesporter Goldtröpfchen que se los encargo, todos sabemos que no soy muy de tomar, pero con esta le achunté medio a medio.

 

IMG_9617El primer plato era una “tortilla de papas”, claramente en este templo reina la deconstrucción por lo que jamás podría esperarse que esta ricura de plato tuviese la misma y forma de lo que conocemos como tal, pero el sabor… Uffff España, su tradición y olé en cada cucharada…

 

 

IMG_9620El segundo era Bao con lechón, en otras palabras un pancito suave relleno con un sabroso pedazo de cerdo medio agridulce marinado a la perfección. Se desarmaba en la boca… De hecho me acuerdo y me derrito, que cosa más rica.

 

 

 

IMG_9623Tercera ronda… La reinvención del famoso sánguche cubanito… Este era como una empanada de masa crujiente y frágil, nada de bordes gruesos… El queso del centro nos inundó la boca rápidamente y el jamón junto con las verduras que lo coronaban le terminaban de dar una sazón encantadora a morir.

 

 

Tengo que confesar que como soy patuda en este punto de la comida me paré de la mesa y me fui a conocer las tres cocinas del lugar. Como Pedro por su casa, las recorrí, me presenté y las gocé a concho. ¡Cuanta especialidad, precisión, perfección, orden y disciplina!

Junto conmigo llegaron a la mesa las patatas bravas (en este caso omito la foto porque me salió horrible), en formato de bastoncitos dorados y con un alioli de ensueño gozamos de este platillo tradicional español, que pese a que tenía pocas transformaciones, no dejó de encantar menos que los más complejos.

 

IMG_9641No soy muy carnívora, pero esto la cagó… Un churrasco (bastante distinto a lo que conocemos en chilito) frotado con café cubano que al cocinarse formaba una costra dorada y perfecta, uy de un sabor, espectacular. A eso se sumaba la acidez y sabor encantador de una salsa de maracuyá. Era perfección a la parrilla.

 

 

IMG_9642Después vino el pollo al ajillo que consistía básicamente de un tuto de lenta cocción con una salsa de ajo negro. A decir verdad, era sabroso, pero jamás podía competir con el resto de los platos.

 

 

 

IMG_9645No podía no pedir algo curioso… Así que dije bueno “baby japanese peaches” será. Confieso que llegó el plato y me arrepentí, la mezcla fue demasiado especial: abajo mantequilla de maní, sobre ella la burrata, los duraznos japoneses, crutones, avellanas y un poco de rúcula. El contraste de lo dulce con lo salado no fue placentero, sino que más bien un choque con aterrizaje forzoso. Me habría comido la burrata sola con un pan de campo crocante, de ese que te destruye el paladar, pero no importa nada. Por su parte los duraznillos con avellana eran un postre redondito, no necesitaban nada más.

 

IMG_9647Los churros de yuca llegaron para sorprendernos, no solo con su sabor sino que también con su dimensión. Enormes, sabrosos, crujientes y perfectos. Para acompañarlos mantequilla de maní y miel en un tubo como los de pintura. Confieso que los hubiese preferido con manjar, pero aún así estaban tremendos.

 

 

IMG_9652 copiaAl final llegamos a mi favorito, el postre… Fue difícil elegir, pero nos fuimos por el S’more-Chocolate Cake de una anatomía que francamente es una reinvención de este tradicional postre de scout, pero transformado en un espectáculo sensacional. Un bizcocho de chocolate cubierto con una capa de marshmallow tostado, sobre él un poco de mantequilla de maní, una lámina de oro y una copa de chocolate con algún licor para flambear. Por debajo migajas de Graham crackers, plátano caramelizado y helado de mantequilla de maní. Un cierre infantil para mi primera comida de grandes.

 

Overall, fue una experiencia alucinante, en un lugar que el mesero sabía lo mismo o quizás más que yo de todo este mundillo, de cada puesto del ranking del World’s 50 Best. Este tipo, Javier, no solo atendía su mesa, sino que te iba a dejar a la puerta del hotel y por amor al arte te contaba su historia completa, desde cómo partió hasta quién pintó sus paredes.

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Ciertamente es un lujo que mi vida de periodista no podrá permitirme tan seguido, pero que espero repetir…

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